Live! parte 2

El próximo viernes a las 20:00 nos vemos en directo para terminar con la presentación de “Vosotros”

Una publicación compartida de Juan Jose Cerezo (@jjcerezom) el 25 May, 2020 a las 12:38 PDT

Una lata de Estrella

Una lata de cerveza

pudiera ser solo una lata 

pero si es, en concreto,  

de Estrella de Levante,

su típico color, verde oliva, 

y sus clásicas letras,

hacen que sea un objeto 

que pudiera evocarnos un recuerdo 

muy cotidiano en nuestra tierra. 

Pero tal vez sea el efecto 

de la dulce cebada, 

y no los atributos del envase, 

lo que me llama la atención 

cuando la tengo entre mis manos, 

y, cual perro de Pavlov, 

asocio, por un simple conductismo, 

el objeto y el deseo. 

Aunque no es este caso  

el que os vengo a contar en estas líneas. 

Encerrado sine die,

por avatares del destino

que todos conocemos, 

lata en mano, mirada soñolienta, 

no ha sido el tacto del objeto 

ni su diseño familiar, 

siquiera ese sabor reconocible 

o el paladar acostumbrado 

lo que viene a mi mente

cuando cojo la lata en la despensa. 

Ha sido un pensamiento 

sobre aquellos recuerdos 

-los eternos amigos, la familia-

y, a veces, solamente,

el silencio interior en cualquier plaza  

mientras el bullicioso trajín a nuestro lado

de tantos viandantes

apenas importaba. 

Y la melancolía se hace dueña

del pálido momento 

en que un envase de hojalata 

deja de ser un simple objeto,  

y se transforma, por extraño 

que pueda parecer, 

en un cuenco sagrado, 

en un reducto mítico 

que ni el peso insoportable

de estas cuatro paredes,  

ni el tacto gélido del vaso 

que ahora con fuerza sostenemos,

podrán jamás arrebatarnos. 

La ducha rutinaria

La ducha rutinaria, 

si vuelvo del trabajo,

es una impuesta obligación,

por culpa de un mal virus, infecto y malicioso, 

tan puto y miserable 

que me hace no abrazar a quien me espera 

al regreso del duro cometido. 

Este virus ,que todo lo hace suyo,

los besos, las misivas, 

la ciencia o los poemas, 

ha de ser bien lavado, de forma escrupulosa, 

para borrar sus huellas invisibles. 


Y estando aquí desnudo, 

de pie, bajo la ducha, 

el agua se transforma

en un prodigio milagroso 

que arrastra todo aquello 

tocado por su mísera envoltura:  

-Los muertos que se marchan sin los suyos,

sin abrazo, sin dulce despedida,

los enfermos que luchan sin descanso, 

y todo aquel que sufre 

y yo no puedo sustentar, 

se pierde junto a él por el desagüe-. 


Y voy quedando solo,

tranquilo, ya en mi calma, 

lavando las heridas 

tocadas por el virus,  

tan limpio y tan absorto de mi mismo   

que mi carga se diluye, 

aguas abajo de esta ducha, 

y alcanzo la pobreza necesaria

para hallar en mi nada

el oculto valor de cada vida.