Eloy Sanchez Rosillo

La playa

Nadie podrá quitarme —me digo— la ilusión
de soñar que ha existido esta mañana.
Se ha detenido el tiempo: oigo tu risa,
tus palabras de niño. Nunca he estado
tan conforme con todo, tan seguro
de mi alegría. Juegas junto al agua, y te ayudo
a recoger chapinas, a levantar castillos
de arena. Vas corriendo de un sitio para otro,
chapoteas, das gritos, te caes, corres de nuevo,
y luego te detienes a mi lado y me abrazas
y yo beso tus ojos, tus mejillas, tu pelo,
tu niñez jubilosa. El mar está
muy azul y muy plácido. A lo lejos,
algunas velas blancas. El sol deja
su oro violento en nuestra piel.
                                                     Me digo
que es cierto este milagro, que es verdad
el inmóvil fluir de la quieta mañana,
la ilusión de soñar el remanso dulcísimo
en el que acontecemos como seres
dichosos de estar vivos, felices de estar juntos
y de habitar la luz.
                             Pero escucho, de pronto,
el ruido terrible y oscuro y velocísimo
que hace el tiempo al pasar, y la firmeza
de mi sueño se rompe; se hace añicos
—como un cristal muy frágil— la ilusión
de estar aquí, contigo, junto al agua.
El cielo se oscurece, el mar se agita.
Siento en mi sangre el vértigo espantoso
de la edad: en un instante, transcurren muchos años.
Y te veo crecer, y alejarte. Ya no eres
el niño que jugaba con su padre en la playa.
Eres un hombre ahora, y tú también comprendes
que no existió, ni existe, ni existirá este día,
la venturosa fábula de mis ojos mirándote,
la leyenda imposible de tu infancia.
Estás solo, y me buscas. Pero yo he muerto acaso.
Somos sombras de un sueño, niebla, palabras, nada.

 

                                                                                           Autoretratos. Barcelona. 1989

Carlos Marzal

CÁLCULOS INFINITESIMALES

La luz de esas estrellas ya ha ocurrido.
En una lejanía inapropiada
para nuestra penosa sensatez,
ya han muerto las estrellas que miramos.
Millones de millones de años luz,
agujeros del tiempo inconcebibles,
la confabulación de la energía,
más allá de cuanto nos resulta soportable,
en una aterradora fiesta sin nosotros.
Todo el escrupuloso asombro de la ciencia
parece que conduce hasta este asombro
con que contempla el cielo un ignorante.
Según nos dicen, hay que seguir viviendo
cercados de preguntas sin respuestas.
Nuestras lentes exploran las galaxias
y nuestra pequeñez sólo es tangible
en el inmaculado abismo de los números,
en el sagrado horror
de cálculos infinitesimales.

¿Hacia dónde conducen estas cavilaciones
de aturdido astrofísico? Estas cavilaciones
no conducen. Estas cavilaciones ya han estado,
ya han sido desde mí en otro yo que ha muerto
en la distancia. Todo lo que refulge es luz marchita.

Ser es un fui que un no soy yo contempla
desconcertado desde un planeta ajeno.
La Historia y el futuro han sido para siempre
y acosan desde lejos, ya ocurridos.
La vida es la nostalgia incorregible
de habitar un rincón del firmamento
que sólo se ha erigido en el pasado
y cuyo planisferio hemos perdido.

Así que cuando te amo ya te he amado.
El dolor que te causo y que me causas
es un dolor tan viejo que no duele,
aunque puedas pensar que está doliéndonos,
y ese fuego eucarístico en el que me consumo
es un simple capricho de las cronologías,
un voluntario error de apreciación
con respecto al pasmoso suceder de las cosas.
Nuestra felicidad ya no nos pertenece,
vivimos de prestado en lontananza,
que es el inconcebible tiempo de las constelaciones.
La perpetua ordalía de tu cuerpo
es el altar de una ciudad hundida
en donde los ahogados de mí mismo
aún mantienen un culto que ha perdido a sus fieles.
El temblor de quererte, el estremecimiento
de coincidir contigo en esta nada
quizá es una ilusión de mi memoria astral.
Y el caso es que no importa.

No importa que no podamos ser, porque hemos sido;
no importa que en ti no pueda estar, porque ya estuve,
no importa si lo que ya ha acabado nunca nace.
Me incumbe la conciencia del álgebra celeste
y en lugar de alejarme de ti los números me acercan.
No puedo comprender esas distancias
y aunque las comprendiera no las vivo.
Hay una plenitud crepuscular
en la conspiración del universo
para que no nos encontremos tú y yo.
Ya no concibo una embriaguez más grande
que ese convencimiento con que irradias
la falsa luz de las estrellas muertas.

Carlos Marzal. Metales pesados. 2002

Fundación Juan March

Navegando por la red he encontrado los documentos resumen de las conferencias que imparte esta fundación desde el año 2004. Estos documentos se componen de 3 secciones. La primera, un breve análisis de la poesía del autor. La segunda una disertación sobre poética y poesía del mismo, y finalmente, una selección de poemas. Estos documentos pueden ser un punto de aproximación en la lectura inicial de poetas desconocidos para el lector o quizás una nueva visión de algunos poemas para los ya leídos.

http://www.march.es/buscar/?cx=004810585498246649697%3Aqmhw_m4lqz4&cof=FORID%3A11&ie=utf-8&x=0&y=0&q=poetica+y+poesia+documentos

Juan Gutiérrez Padial

Río anónimo

Lanjarón tiene un río 

                        que, de verme llorar, anda salobre.

                                                            G.P.

Río mío de nieve. Río de prisa

arcana y musical en tu ribera.

Agua de mi querencia, que te espera

de par en par a tu altivez sumisa.

 

Lleva mi piel el áncora y la brisa

de tu presencia verde y marinera.

Tu noria circundó mi voz primera,

mi barco de papel y mi sonrisa,

 

Pero, ¡ qué lejos ya! ¡Cuánto pasado

por tu gastada orilla! ¡Qué distantes

el caballo, la arena…! ¡ Y qué porfía

 

le clavas a mi ausencia, desbocado

para seguir – tan río como antes-

escupiéndole al mar la muerte mía!

 

Debajo del silencio. Granada.1966

 

 

Comentario

Soneto que destaca por su ritmo, fluyendo de una manera sorprendente, arrastrando al lector, como si de un verdadero río se tratará, hasta la desembocadura del poema, corriente magistral e inexorable.

Otro comentario a este soneto a través del siguiente blog:
http://juangregorioaviles.wordpress.com/2011/10/14/un-endecasilabo-que-echa-a-correr/