I

El problema, en sí mismo, no es la vida.

La vida es sin nosotros;

se forma más allá de nuestras manos

y no precisa de su impulso

para prender la luz de la mañana.

 

La vida nos desborda

cuando queremos contenerla

en la concisa piel de nuestro tacto,

igual que se diluye

la gota incontenible del océano

cuando quiero encerrar toda su esencia

en la mano inocente de mi hijo.

 

Pero a pesar de su misterio,

a veces, por sorpresa,

como un ave delicada,

se posa en el papel

siguiendo el leve rastro de mi pluma.

Ahí es donde he logrado percibir,

tras el nítido reflejo de una imagen

que se forma sencilla sobre un folio,

el rostro verdadero de la vida,

el impulso creador que la sustenta

y la fuerza invisible de sus manos.

 

 

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Beso

Beso

Medimos cada beso.

Lo usamos como arma arrojadiza,

como aguja en lugar de como hilo.

No suponen el logro del amor:

-Es solo la demanda del afecto

la que ofrecen si son en la mejilla-.

No buscan la caricia de otra fiebre

que humedezca las lágrimas o el iris.

Pues no hay obsequio sino súplica

que espera en su cinismo

la réplica distante

de otro labio sin pulso ni cadencia.

Algo extraordinario

Voy a hacer algo extraordinario,
algo que realmente no aguardes,
como darte un beso mientras tus dientes muerden otra boca,
o pedirte perdón
antes, incluso,
que tu piel sienta el tacto
de mis sucias pupilas.
Si, hoy lo he decidido,
me comeré la rutina desde el hueso,
allí donde no espere mi colmillo,
Para que no escape con su vuelo
de honda indiferencia.
Allí es donde puedo rodearla
con un abrazo inesperado,
detrás de algún semáforo,
o con la escucha atenta
de alguna estupidez
que quieras comentarme.
Porque hoy voy a lograr
algo extraordinario,
como creer que es posible
el milagro del amor
en el altar podrido de mi carne.