La ducha rutinaria

La ducha rutinaria, 

si vuelvo del trabajo,

es una impuesta obligación,

por culpa de un mal virus, infecto y malicioso, 

tan puto y miserable 

que me hace no abrazar a quien me espera 

al regreso del duro cometido. 

Este virus ,que todo lo hace suyo,

los besos, las misivas, 

la ciencia o los poemas, 

ha de ser bien lavado, de forma escrupulosa, 

para borrar sus huellas invisibles. 


Y estando aquí desnudo, 

de pie, bajo la ducha, 

el agua se transforma

en un prodigio milagroso 

que arrastra todo aquello 

tocado por su mísera envoltura:  

-Los muertos que se marchan sin los suyos,

sin abrazo, sin dulce despedida,

los enfermos que luchan sin descanso, 

y todo aquel que sufre 

y yo no puedo sustentar, 

se pierde junto a él por el desagüe-. 


Y voy quedando solo,

tranquilo, ya en mi calma, 

lavando las heridas 

tocadas por el virus,  

tan limpio y tan absorto de mi mismo   

que mi carga se diluye, 

aguas abajo de esta ducha, 

y alcanzo la pobreza necesaria

para hallar en mi nada

el oculto valor de cada vida.